Eric le guiñó un ojo a la chica que estaba al otro lado de la pista de baile de aquella ajetreada discoteca. Entre medio, decenas de jóvenes bailaban descontrolados como sino fueran a llegar al día siguiente.
-¿No te cansas de llevar siempre la misma vida?-Eric miró a Kim, que estaba apoyada junto a él en la barra.-Chicas, alcohol, y fiestas. Demasiado monótono.
-Puede que para ti, pero si cada día estás con una chica distinta, tomando diferentes bebidas, en lugares que no tienen nada que ver con los otros, ya no se trata de la monotonía.
-Siempre me he preguntado cómo lo haces.-Kim se inclinó a un lado.-Esa facilidad que tienes para engatusar a las jovencitas debería estar prohibido. Ellas de verdad creen estar a salvo cuando están contigo. No tienen ni idea.
-Ni que fuera un asesino en serie.
-Lo que tu matas son sus corazones, no sus vidas. Creo que eso es incluso peor.
-¿Y no es acaso el corazón la vida?
-La vida también es el cerebro, los pulmones, y el resto de órganos. El corazón es solo el amor.
Eric le contestó con una sonrisa en lugar de continuar la conversación. Aquella misma sonrisa que tan fácilmente se convertía en el motivo de respiración de las chicas con las que se encontraba a lo largo de su vida.
Eric siempre había sido así; atrevido, vanidoso, algo orgulloso y un conquistador nato. Conseguía todo lo que se proponía, y siempre tenía lo que deseaba. No importaba el precio. No importaba el valor. Él lo tendría.
-No hay más que verte para saber que matas.
-Volvemos a lo del asesino en serie.-Rió Eric, tomando un trago de la bebida que estaba a su lado.
-No me refiero a matar de matar... digo matar con tu actitud. El chico malo. Vaya, que miedo.
-¡Já! Tú siempre has sido demasiado valiente, hermanita mía.
-Nunca se es demasiado valiente. Y si con eso te refieres a que nunca caería en la tela de araña que creas, puedes apostar lo que quieras a que así es. No me dejo llevar por los chicos.
-De todas formas, ninguna chica merece la pena.
-¿Ninguna?
-Ninguna.
-¿Sabes?-Kim sonrió.-Algún día te enamorarás y te tragarás tus palabras.
-Permíteme que lo dude.-Eric le devolvió la sonrisa.-Y ahora, observa como actúa un buen domador de leones.-Eric le guiñó un ojo a su hermana y acto seguido se encaminó a la chica que estaba delante de ellos.
Esta no había apartado la mirada de Eric en todo el rato, con el ceño fruncido a la espera de que besara a Kim para asegurarse de que eran pareja. Pero no lo eran, así que ese beso nunca llegó, dejando más tranquila a la chica.
Kim comprobó como Eric se acercaba a la joven, le decía apenas dos comentarios que la hicieron reír, y la cogió de la mano para acompañarla hasta fuera.
Ni dos minutos, pensó Kim para sus adentros, creo que es un nuevo record.
Eric despertó cuando el tono de su móvil comenzó a sonar. Colgó antes de levantarse de la cama intentando no hacer ruido, pero la joven que descansaba a su lado lo notó igual.
-Buenos días.-Le sonrió.
Eric le contestó con un asentimiento de cabeza, mientras empezaba a buscar sus pantalones.
-¿Ya te vas?
El chico asintió de nuevo. Ya había conseguido lo que quería, ¿por qué permanecer allí?
-¿Me devuelves mi camisa?
La chica se miró, y tras comprobar que, efectivamente, llevaba la camiseta de Eric, se la quitó para devolvérsela.
Cuando Eric estuvo vestido, miró a la chica a modo de despedida mientras salía de la habitación sin mirar atrás.
-¡Espera!-La llamó ella.-¡Aún no sé tu nombre!
Ni lo sabría. No había forma de que lo averiguara. Y de eso se trataba.
Eric nunca daba su nombre, y si lo daba, era un falso. No le convenía dejar huellas. No quería que nadie se quedara con quién era. Sus padres le matarían si se enteraran de las cosas que hacía.
Su casa no estaba del todo lejos de allí, así que optó por la opción de ir caminando, mientras iba ideando cualquier excusa racional que explicará por qué había pasado la noche fuera.
Los años de práctica habían hecho de él todo un experto en mentiras. Y aunque estaba más que acostumbrado, no era que le agradase, precisamente. ¿A quién le gustaría admitir que es un mentiroso? No lo era por elección propia, al menos.
Eric sabía que su casa estaba cerca, y carecía de tiempo, y ganas, de volver, así que se acomodó en un banco que había en un parque cercano. A su alrededor, varios niños pequeños corrían de un lado a otro.
Él solo deseaba vivir su vida. Poder independizarse y salir y entrar cuando quisiera, sin depender de nadie, sin tener que redactar su vida ante un superior. En ese sentido, Eric nunca cambiaría. Le gustaba estar al mando en todo. Quizás, por eso, por no estar al mando de su vida con sus padres de por medio, se comportaba de esa forma con el sexo femenino.
Jugaba, usaba a las chicas, y después las desechaba como si fueran inservibles. Usar y tirar. Una de las excepciones era su hermana. Cosa razonable.
Aunque Kim no era la única excepción jamás habida.
Eric elevó la vista de sus manos al escuchar un grito. Una de las niñas que estaban corriendo por el parque se había caído, y de su rodilla no dejaba de salir sangre.
Los padres de la niña debían de estar lejos, ya que no oyeron los gritos de la joven. Pero de todas formas, aunque sus padres hubieran ido, eso no habría impedido que Eric se acercara.
-¿Estás bien?-Le preguntó, agachándose delante de ella.
La chica contestó entre sollozos con voz entrecortada:
-Mi rodilla...
Eric la miró detenidamente; un corte del que no dejaba de salir sangre, que si no era curado en breve, podía infectarse.
Volvió la mirada a los ojos de la niña, de apenas siete años, para cogerla en brazos después. La llevó hasta el banco en el que había estado. La sentó y cogió agua de una fuente cercana con las manos para echarla sobre la herida, lo que la limpió, y más tarde se arrancó un trozo de la camiseta para usarla a modo de venda.
-Creo que esto servirá.-Eric le dirigió una sonrisa a la niña.-Ahora tienes que comportarte como una princesita mayor y se te curará dentro de poco.
-Las princesas no se caen.
Eric no pudo evitar aumentar su sonrisa al oír eso.
-No estoy de acuerdo. De hecho, creo que las princesas son las que más se caen. Porque luego se levantan y demuestran lo fuertes que son.
-Cenicienta jamás se cayó.
-¿Es que no recuerdas cuando sus horribles hermanastras le quitaron el vestido? ¿O cuando el carruaje volvió a convertirse en calabaza?-Eric acercó su cara a la de la chica.-Todas las chicas tienen una princesa interior, pero la mayoría no lo sabe. Y tú ahora lo sabes, así que quiero ver como ese precioso rostro se llena con una gran sonrisa.
La niña le hizo caso, y sonrió casi al momento.
Cualquier rastro de dolor producido por el corte de su rodilla había desaparecido. En aquel momento, en su cabeza, solo revoloteaban princesas, caballeros, castillos, y niños voladores como en Peter Pan, junto a Campanilla.
-¿Eric?-La madre de Eric llegó al recibidor de la casa cuando escuchó como se cerraba la puerta con un terrible estruendo. Era su forma de saludar, desde siempre.-¿Dónde has estado?
Eric miró a su madre.
-En casa de un amigo. Creí que Kim te avisaría.
-No me ha dicho nada.-Contestó.-Últimamente nunca pasas la noche en casa, Eric, ¿es qué ocurre algo?
-Claro que no, mamá, lo que pasa es que dentro de poco comenzará el Campamento, y mis amigos quieren que nos veamos antes de marcharme.
El Campamento. Esa era otra historia. Otra cosa más que demostraba el control que tenían los Rumsfeld sobre la vida de sus hijos.
-Lo entiendo, Eric, pero agradecería que pasaras alguna noche con tu familia.
Eric asintió.
-Prometo dormir aquí esta noche.
-Fantástico.
La señora Rumsfeld le dedicó una sonrisa antes de volver a dónde quiera que estuviera antes de ir a recibirle.
-¿Encima querías que te cubriera?-Kim bajó las escaleras que separaban el gran recibidor de la segunda planta.-Sí que tienes morro.
-Podías hacer de hermana buena por una vez. Yo te he ayudado en más de una ocasión.
-Y si multiplicáramos el número de veces en que me has ayudado por mil, tendríamos la mitad del número de veces en que te he ayudado yo a ti.
Eric le sonrió.
-¿Volviste bien anoche?-Inquirió, subiendo las escaleras junto a Kim rumbo a su habitación.
-Scott me acompañó. A veces creo que él hubiera sido mejor hermano que tú.
-Hasta que recuerdas las veces que te lo has tirado y entonces dejas de desearlo.
-Sinceramente, creo que si no fueras mi hermano nos habríamos acostado un par de veces.
-Y hubiera sido increíble, no me cabe duda.
Si sus padres les hubieran escuchado, se habrían indignado de tal manera, que no les habrían dirigido la palabra a ninguno de los dos en, al menos, dos meses, hasta que creyeran conveniente volver a hacerlo. Les habría parecido una insolencia.
Por supuesto que Eric y Kim bromeaban, pero la relación fraternal que tenían les permitía hacer esa clase de bromas y más aún. Si había algo que ellos agradecían bajo aquel techo, era el uno al otro.
La unión hace la fuerza. Y eso ellos lo sabían muy bien, porque de ser distinto no habrían aguantado tanto tiempo allí.
-No sé qué te habrá contado Scott, pero veo que no te ha engañado.
Eric buscó la mirada de Kim.
-No necesito que nadie me diga que eres genial. Lo has sacado todo de mí.
-Tan modesto como siempre.
-Es una de mis cualidades.
-Como la cortesía y la educación que te impiden desaparecer de una fiesta con una chica a la que acabas de conocer y abandonar a tu hermana a la merced de cualquier bruto.
-A pesar de eso, sabes que te quiero, ¿verdad?-Eric cogió una de las manos de Kim, sintiéndose repentinamente alegre.-Eres la mejor hermana del mundo.
-Lo sé.-Rió Kim.-Así como tú sabes que yo también te quiero.
Un abrazo habría estado bien. Pero un abrazo no habría sido típico de ellos.
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